Luis Bernardo Pérez

viernes 18 de agosto de 2017 | en revista edición 101



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De entre todos los géneros litera- rios, ninguno me apasiona tanto como el cuento. Una buena novela puede fascinarme, un ensayo bien escrito es capaz de despertar mi entusiasmo y cuando me acerco a la poesía (pocas veces, he de confesarlo) me subyuga la belleza y misterio de la palabra convertida en verso, metáfora, imagen, ritmo. Sin embargo, es el cuento lo que real y verdaderamente me importa. Y cuando digo cuento me estoy refiriendo, sobre todo, al cuento moderno, es decir, a ese que nació durante la segunda mitad del siglo XIX con Poe, Chejov, Gogol, Kipling y Maupassant, entre otros, y que con sus cambios y variantes llega hasta nosotros y toma cuerpo en las historias de los maestros contemporáneos.

Para mí, el cuento es un vicio irre- nunciable que se manifiesta en la compra compulsiva de libros de relatos y en la lectura ávida de los mismos. Pero también en la búsqueda afanosa de narraciones en línea, en revistas (como La Pluma del Ganso) y en suplementos culturales. Poseo la colección casi completa de El Cuento, la revista que durante muchos años publicó mi maestro, don Edmundo Valadés, y cuyos números sueltos he rastreado en librerías de viejo e incluso he robado a los cuates. Mi pasión por los cuentos me ha llevado a interesarme en su funcionamiento, en su arquitectura. Me gusta, tras una primera lectura, regresar a aquellas historias que más me han impre- sionado para intentar descubrir su mecanismo. Gracias a ello he comprobado que la eficacia de un buen relato tiene que ver menos con el tema elegido que con la disposición de sus engranes y resortes, es decir, con la organización de los elementos, la logística desarrollada por el autor, la estructura que sostiene a la anécdota, el tono, el punto de vista, etcétera. Me interesa entender el porqué de la eficacia de historias como “Luvina” de Rulfo o “Un día perfecto para el pez banana” de Salinger. Es cierto que, como toda obra artística, el cuento tiene mucho de inexplicable, de inefable, de mágico. Y, en tal sentido, tratar desmontar el mecanismo del relato, no lo agota ni da razón completa de su ser. Sin embargo, en la medida en que lo considero como un artefacto, un dispositivo artístico destinado a producir un efecto, es posible entender –al menos en parte– su funcionamiento.

SIRENAS
Como es bien sabido, hay en todos los puertos del mundo por lo menos una taberna en la que, a cambio de un vaso de vino o de algunas monedas, algún viejo marinero relata sus largas travesías y sus amores breves e intensos con las sirenas. ¿Habrá bajo el mar lugares donde las viejas sirenas narren sus antiguos amores con los marineros?

DIVA
¡Qué portento! ¡Qué voz tan sublime y pura la de aquella soprano! Después de la función decidí postrarme de hinojos ante ella y declararme su más devoto admi- rador. Sin pensarlo dos veces me colé por la entrada de artistas, y con una vehemencia capaz de hacerme olvidar toda norma de cortesía, abrí de improviso la puerta de su camerino. Al verme, no mostró sorpresa ni intentó cubrirse el torso desnudo. Permaneció inmóvil en el centro de la habitación mientras un hombre la desarmaba metódicamente con una llave de tuercas.

ABRACADABRA
Con motivo de mi octavo aniversario, papá y mamá organizaron una fiesta en casa. Hubo juegos, globos y serpentinas. También un mago. Durante la función, Shankar el Magnífico solicitó un voluntario y, como era mi cumpleaños, fui el elegido. Pasé al frente en medio de una gran expectación y me introduje en un baúl misterioso. Desde entonces nadie ha vuelto a verme.

METEMPSICOSIS
Tras asistir en calidad de oyente a varias conferencias sobre la reencarnación, un señor bajito, retraído y ligeramente miope, se entusiasma y decide someterse a una regresión hipnótica. Por este medio descubre que en sus vidas pasadas fue también un señor bajito, retraído y ligeramente miope.

ANCLA
Varios años después del naufragio, la vieja ancla de hierro seguía aferrada con uñas y dientes al fondo marino. Así de ejemplar era su sentido del deber.

EL ESPECTÁCULO CONTINÚA
De vez en cuando, y para no perder la costumbre, Stan Laurel y Oliver Hardy ensayan sus antiguas rutinas. Sus aparatosos golpes y mutuas afrentas constituyen la única manifestación de violencia tolerada en el cielo.

PRESTIDIGITACIÓN
Agobiado por la miseria y el desempleo, aquel mago se veía obligado a sacar cada noche varios conejos de la chistera para alimentar a su numerosa familia.


Nací en la Ciudad de México en 1962 y estu- dié en la Filosofía en la UNAM. Soy narrador, ensayista, periodista, editor. Tengo 13 libros de narrativa publicados y uno de teoría literaria. He ganado tres premios de cuento y uno de novela, y formo parte de la comunidad literaria Ficticia, a la que pertenecen algunos de mis mejores amigos. Venero a Chejov, a Buzzati, a Calvino, a Arreola, a Borges, a Mroek y a Pere Calders. Este último es un catalán que vivió en México como exiliado y a quien hoy pocos recuerdan. Mi idea del Paraíso tiene la forma de un café situado en una calle tranquila, con meseros discretos y parroquianos silenciosos. Allí se puede leer eternamente, escribir sin interrupciones y, de vez en cuando, recibir la visita de algún amigo para beber una taza de capuchino y conversar.